jueves, 3 de septiembre de 2009

Caminos - Mural

Bueno volvemos con nuevo diseño y una excepción en el formato del post. Más imagenes que otras veces, con un pequeño texto sobre el tema que es "Caminos", frutos de un muy buen viaje a Salta realizado hace unos días, más los agregados de un walpaper que me gustó y fotos de otros viajes de hace tiempo a Santa Rosa y Villa Gesell.

Espero que guste.

Un abrazo grande.

Sergio.

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La brújula del destino lo señala con firmeza, esa determinación que me falta. Las dudas de la elección recorren sus contornos hasta hacer del paisaje un sinfín de especulaciones y posibles finales tragicómicos.

Pero en un instante de inconsciencia la decisión está tomada. Al principio los pasos son inestables, uno a uno recuerdan otros rumbos, otras postales, otros horizontes. La confianza, ciega como siempre, no llega de repente dando un entorno feliz. Demora su aparición, prolongando la incertidumbre.

Pero lentamente el andar se estabiliza. Quizá por el empuje del tiempo y la imposibilidad del regreso (ahora se que nadie regresa, nunca). Quizá por entender que la elección fue hecha hace mucho y solo falta entender porqué.

De cualquier forma, el camino fue elegido. Su trazado atraviesa los imaginarios posibles, los abismos de la tentación y la ignorancia, las llanuras de la esperanza. ¿Hay ilusión en cada giro del sendero, o solo el inevitable devenir?. ¿Hay recompensa después de cada cuesta, o el sabor amargo de otro atardecer sin respuestas?

De cualquier forma, el camino fue elegido.















martes, 21 de julio de 2009

Manual de las costumbres olvidadas - Hoy: Lectura en voz alta


Hemos vuelto a los comentarios. Ha pasado el día del amigo así que aprovecho para saludar con cariño a todos los que hayan caído en esta página.

Yo los considero mis hermanos.

Sergio.

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El gobierno de Vespasiano llegaba a su fin y poco faltaba para la llegada del nuevo emperador romano: Tito. Roma dormía tranquila, pero solo en su fachada. Diversos aposentos recibían con la inocente dulzura de la noche reuniones de diferente talante. De uno de ellos salió un joven enfurecido. Era un abogado, escritor y científico que alcanzaría renombre en el imperio por aquellos días: Plinio el Joven. Recorrió los pocos metros que lo separaban de sus habitaciones y raudamente, comenzó a escribir una carta que reflejara su indignación. El destinatario era Claudio Restituto, un conocido magistrado imperial.

“Regreso molesto de una lectura en casa de un amigo. El texto leído era de una gran perfección en todos los sentidos. Sin embargo, todos lo escucharon como si fuesen sordomudos. No despegaron los labios, ni han movido una mano ni tampoco han estirado las piernas para cambiar de postura.”

Plinio se había enojado por aquella indiferencia de los escuchas. Y para entenderla, hay que contextualizarse en una época en la que la lectura en voz alta poseía un ritual armado y establecido, o por lo menos ciertas normas de conducta adecuadas. Los escritores leían sus obras ante grupos de amigos y existía una “etiqueta” tanto para los oyentes como para el escritor. Esta costumbre de un autor leyendo su obra ante un foro, es quizá el único aspecto de esta práctica que se mantiene vivo (y a durísimas penas) hoy día. Lo que se ha perdido, tal vez para siempre, es la popularización de la costumbre. Nosotros, sin tener la presión de editoriales ni eventos publicitarios, ya no leemos para otros.

El mismo Plinio modificaba sus textos a partir de las sugerencias amistosas en medio de las lecturas. Pero ya para la época, la trampa también jugaba su rol. Mucha gente dejaba a sus sirvientes escuchando al autor y procedía hacia las habitaciones donde el anfitrión había dispuesto unos sanguches de mortadela (es suposición mía) y unas masitas para los invitados. Iban solo a morfar gratarola. Cuando el texto estaba por llegar a su fin, el sirviente chiflaba una advertencia y el buen señor volvía raudo al salón de lectura ejercitando su mejor cara de interés y preocupación.


Más cerca en el tiempo, Dante y Moliere leyeron para reyes. Pero el carácter crítico del auditorio ya se perdía. Charles Dickens utilizaba su talento histriónico para la lectura de sus obras. Leía para los amigos a fin de pulir el último borrador, pero también hacía lecturas públicas que eran verdaderas actuaciones. El trabajó mucho tiempo la manera de leer y los gestos. En sus mismos borradores, todavía se pueden encontrar anotaciones al margen no sobre el texto literario en si mismo, sino acerca de los tonos que debía adoptar durante una futura lectura. “Alegre”, “severo” “patético”, “misterioso”, etc. También anotaba algunas señas: “mover los dedos”, “estremecerse”, “mirar a los costados con gesto de terror”. (jajaja excelente).

Una vez le escribió a su esposa:

“Si hubieras visto anoche a Mrs. McGrady sollozando y llorando en el sofá mientras yo leía, hubieras sentido que cosa tan increíble es tener poder. Poder sobre otros para conmover e influir sin siquiera tocarlos”.

Y en otra carta a Lady Blessington, decía:

“Abrigo fundadas esperanzas de hacer que llore usted amargamente”.

Que no se malentienda. Lo que Dickens señala es lo maravilloso de tener la capacidad de conmover con palabras. Nada menos que un arte supremo es poseer la capacidad de emocionar de un modo artístico o amoroso. Pero si uno no puede apuntar tan alto (no somos Dickens escribiendo), no está mal lograrlo de un modo más “indirecto” como puede ser, entre muchas otras cosas, volcando pasión en la lectura de textos ajenos.

Y aquí abandonamos la responsabilidad de los grandes autores y caemos en la nuestra. ¿Alguna vez leyeron para alguien? ¿Hace cuánto no lo hacen? Y no me refiero a una o dos líneas en medio de un grupo de estudio o la lectura de las opciones de un menú para hacer delivery. Digo una lectura completa, con una puesta en escena y una predisposición acordada.

Hay quienes sostienen que las lecturas deben hacerse en silencio y en soledad. Y no voy a negar que esa postura sea un placer en sí misma. Uno, un libro…nada más en el mundo. Pero leer o escuchar algo en voz alta pone en juego otra serie de dispositivos mentales también placenteros. La pasión en la lectura es mucho mayor y la imaginación cuando se escucha crece de la misma forma. Tal vez por eso los chicos conforman el público más ávido de historias narradas a viva voz. Porque llenan los espacios vacíos con imaginación pura.


El ejercicio es complicado: no hay musicalización ni imágenes tipo MTV y el primer mensaje que manda el cerebro, es el de aburrimiento. Al principio la lectura es esforzada y mecánica, pero con el tiempo se vuelve “intencional”. Es decir, comienza uno a agregarle intencionalidad a las palabras, a imbuir cada frase con una intensidad insospechada. Y las primeras veces que uno escucha a alguien leer, no logra el enfoque buscado. El cuerpo se retuerce y hasta invade el sueño, porque algo falta.

Es que nuestra cultura perdió lentitud. Nos borraron la costumbre de detenerse en el goce del ejercicio intelectual. Todo, hasta lo más inteligente, debe ser transmitido con velocidad y simplicidad. Y la lectura en voz alta no acepta estos parámetros. Requiere tiempo, pasión y un guiño de los que participan: vos inventá un mundo con palabras, que yo viajo hasta allá.

Humildemente, sugiero que no perdamos la costumbre. Lean o háganse leer y denle tiempo. De esta manera, ciertas partes de nuestro espíritu saldrán del “vertiginoso letargo” en el que viven.


PD: Los que juegan rol saben bien a que me refiero.

sábado, 6 de junio de 2009

Iluminados - Las luces de la trascendencia

Pasó bastante tiempo, pero volvieron los comentarios. Dedico este post a aquellos que me prestan algo de su luz para ver por donde voy. O por lo menos, para no caerme tanto.

Un abrazo grande a todos. 

Sergio

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Desde los comienzos mismos del cristianismo, la idea de luminosidad estuvo atada al espíritu santo. Hemos visto, miles de veces, “destellos” o imágenes centellantes de luz en obras pictóricas religiosas. La santificación se expresaba en esa representación de la resplandecencia. Era esta una de las fuentes doctrinarias que apoyaron  la creencia de que la perfección espiritual no solo correspondía al alma del santo, sino también a su cuerpo. Es decir, que podían ser, concretamente, seres luminosos.

Se cuenta en una oportunidad, que el emperador Justiniano (Imperio Bizantino) vio en la cabeza de quién luego sería San Sabas (uno de los monjes más famosos de la antigüedad) una “gracia” divina fulgurante en forma de corona que lanzaba rayos tan fuertes como el sol. Fue a partir de esta historia, que las ilustraciones de los santos comenzaron a lucir aquel famoso “aro” luciforme que aparece sobre sus cabezas.

Algunas luminosidades traen problemas. El Abad Sisoes, por ejemplo, relampagueaba. No conforme con emitir luz, provocaba unos destellos que asustaban a todo aquel que se le acercaba. Constantemente, los hermanos le pedían por favor que no entrara en éxtasis con tanta frecuencia para no provocar desmanes. Cuando Sisoes estuvo a punto de morir, cuentan que su cara se encendió y encandiló a todos los presentes, tanto que nadie pudo contemplar su rostro. Pronunció las siguientes palabras: “Ahora llega el coro de Apóstoles” y su cara se encendió todavía más, al punto de iluminar un valle entero.

Hasta acá, cito a Dolina. Pero obsérvese este pasaje que encontré en una biografía de San Antonio, que incluye al abad de los refusilos: “Sisoes era el que, deseoso de llegar al reposo absoluto, se sentaba durante la noche en una roca al borde de un precipicio y oraba en alta voz hasta que los primeros rayos del sol doraban su frente”. Ahora dudo…pues posiblemente esta costumbre mañanera, alimentó el mito subsecuente.


Zoroastro (llamado Zaratustra en persa antiguo, un nombre más común para nosotros gracias a Nietzsche) es el profeta de la religión persa y fundador del zoroastrismo. Cuentan que resplandecía ya desde el vientre de su madre e iluminaba así todo el pueblo durante la noche (que molesto).


No olvidemos que entre los griegos, muchos recibían como “regalos” por sus acciones, un espacio en la bóveda celeste, convertidos a constelaciones y estrellas brillantes. Acuario representa la historia de Ganímedes, secuestrado por Zeus para servir bebidas en el Olimpo (un hombre con una jarra); Aries surge a partir de la narración del vellocino de oro: el carnero cuya piel de oro va a buscar Jasón hasta Cólquida y que termina en el cielo (más opaco porque precisamente le falta su piel); Pan es Capricornio gracias al favor de Zeus por haberlo salvado del monstruo Tifón. Y así muchas más. Aquí, la luminosidad eterna es un regalo muy preciado, casi uno de los mejores que pueden hacer los dioses.


En los relatos de Tolkien, los elfos conservaban, de muchas maneras, una “memoria viva” de la historia del mundo.  El devenir de la Tierra Media hacían mella en su aspecto y cargaban el peso de los años, para bien y para mal: físicamente hermosos, pero con una tristeza eterna sobre sus hombros. Se decía que les rodeaba un aura que era como el resplandor del sol alrededor de la luna en un eclipse total. Sus cabellos lucen como hilos de oro o de plata y la luz de las estrellas brilla a su alrededor, en el pelo, en los ojos, en sus vestimentas o en sus manos. Siempre hay luz en un rostro élfico. En este caso, la interpreto como una luz memoriosa. De tiempos remotos que se niegan a morir y se refugian en recuerdos.


La iluminación literal escapa de nuestras humildes posibilidades (una lástima). Pero como en este espacio somos adeptos de las comparaciones fáciles y chabacanas, me gustaría hablar ahora de la iluminación metafórica. De esas personas que nos alumbran los pasos en días que son, vamos a admitirlo, bastante oscuros.

Hay personas luminosas, y su luz marca camino.

Hay personas centellantes, de un paso fugaz y decisivo.

Hay personas que irradian fuego, con un peligro apasionante.

Hay personas de tímido albor, intermitente pero convocante.

Hay personas que destellan un glamour permisivo.

Hay personas de brillo eterno, que iluminan un destino.

 

Es vital para entender esta “iluminación” el concepto de trascendencia. El sentido más inmediato del concepto se refiere a una metáfora espacial. Trascender es pasar de un ámbito a otro, atravesando el límite que los separa. Desde un punto de vista filosófico, en cambio, el concepto de trascendencia incluye además la idea de superación o superioridad, porque supone un “más allá” del punto de referencia. Trascender, pasa a ser la acción misma de sobresalir de un determinado ámbito, superando su limitación o clausura.

Hay personas que trascienden en nuestras vidas. Van más allá de un conocimiento racional y científico, reducido a una ciencia del comportamiento. El contacto es “superior” y se destaca por sobre una simple compilación de conductas. Nos hacen atravesar límites y ser, de vez en cuando, llamitas compadronas de una vela gastada.

 

El manto gris que cubre nuestros días nos complica en la tarea de encontrarlas. Y la sola empresa está llena de complicaciones. Puede ocurrir que veamos la luz de estas personas, pero no nos esté destinada. Puede ocurrir que envidiemos su manera de alumbrar o la iluminación de otros caminos que no son los nuestros. Puede pasar también, que nuestra propia opacidad sea impenetrable para cualquier luz.

 

Sugiero, humildemente, no dejar que esto nos detenga. La búsqueda es esencial. Y también lo es tener el ojo entrenado. Aunque en realidad, supongo que nadie necesita que nos señalen con el dedo quiénes han sido (y son) las personas iluminadas que acompañan nuestros días. Hagan un breve repaso por sus recuerdos y sus corazones.

Sabrán muy bien de quiénes estoy hablando.

 

 

Cuentan algunos relatos induístas que los seres primigenios del planeta amaban mediante una luz que emitían y solo cuando renunciaron a ella, pasaron a amarse con el tacto y el contacto. No estoy de acuerdo. El amor fue y sigue siendo, entre otras cosas, una luminosidad”.

A.Dolina

sábado, 4 de abril de 2009

Leyes - Sumisión o Racionalidad

Volvimos y somos millones. Espero que les guste este nuevo post y, como siempre, les pido un comentario si tienen tiempo.
Un saludo muy grande a todos
Sergio.


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Habíamos destacado en un comentario anterior el precepto de “prohibición” presente en todas las leyes. Las normativas legales cumplen su objetivo a partir de impedir una acción más que permitirla. Es, o puede ser, un sistema de control pero, en definitiva, constituye un vago acercamiento a un entendimiento común entre un grupo de personas.
Pero me gustaría ver que pasa en aquellos casos en los que tal vez (y resalto el tal vez) sea mejor no cumplirlas. ¿Existe tal cosa?

- Un hombre que se sienta obligado a orinar en público puede hacerlo siempre y cuando apunte hacia la rueda de su vehículo y mantenga su mano derecha apoyada en él.

- En Bahrein, un doctor puede examinar los genitales de una mujer, pero tiene terminantemente prohibido mirar a ellos directamente durante el examen, y sólo puede ver su reflejo en un espejo.

- Los peatones del Distrito de Columbia (EE.UU.) que salten sobre los coches en movimiento para evitar que los atropellen, y golpeen el coche al caer, son responsables de cualquier daño causado al vehículo.

- Según la ley de Kentucky (EE.UU.): “Ninguna mujer deber aparecer en traje de baño en ningún aeropuerto de este Estado a menos que sea escoltada por dos oficiales o a menos que vaya armada con una porra. Las disposiciones de este decreto no serán aplicadas a mujeres que pesen menos de 90 libras (aprox. 40kg.) o más de 200 libras (aprox. 90 kg.), ni serán aplicadas a yeguas”. (WTF????)

-En Palermo (Sicilia Italia), las mujeres tienen autorización para desnudarse completamente en una playa si les dan ganas. El hombre, no. El artículo legal dice claramente: “La anatomía masculina puede ser obscena, incluso sin quererlo”.

-La ley de New Hampshire (EE.UU.) prohíbe dar golpecitos con los pies o mover la cabeza o de cualquier forma seguir el ritmo a la música en una taberna, restaurante o cafetería.



-A los menores de Kansas City, Missouri (EE.UU.), no se les permite comprar pistolas de juguete; sin embargo pueden comprarlas de verdad.

-En Estonia está absolutamente prohibido jugar al ajedrez durante el acto amatorio (La pregunta es ¿quién lo habrá intentado?).


-En Francia, es ilegal ponerle de nombre “Napoleón” a un cerdo.

-En varios estados de Estados Unidos, como en Connecticut o Wisconsin se prohíbe el uso de preservativo. En Indiana, se les prohíbe a las mujeres comprarlos.



Algunas son graciosas y otras muy tristes ¿verdad? Ahora bien. ¿Es correcto usar el propio raciocinio en el entendimiento/aplicación/sometimiento ante una ley? ¿Se puede dejar de “confiar” en ellas?


Los mencionados arriba son casos exagerados, por supuesto, pero pintarían un panorama extraño: que muchas veces se hace bien en ignorar leyes. ¿Hasta dónde me tengo que someter a una ley y cuando es preferible usar mi propio entendimiento?

Estoy seguro que este difuso límite surgió cuando crearon la defensa propia. Todo asesinato estaba prohibido, pero nadie iba a dejarse matar si su propia vida corría riesgo. Es decir, la gente ponía su propio límite a la hora de cumplir la ley. Yo no mato, SALVO que me quieran matar a mí. Y antes de que se pasara el “agregado” de la defensa propia, violaban la ley.
Además, como se puede ver en varios de los casos mencionados, el mismo estado es el que ignora la ley y, simplemente, lo deja pasar (nadie va a la cárcel en Francia si nombra Napoleón a un cerdo, por ejemplo).

¿Y qué hay de los casos más generales? Digo, no requiere mucho trabajo ver que algunas leyes condenan a la pobreza a millones de personas y después el mismo sistema legal es el que se apresura al castigo cuando se produce un crimen que todos veíamos venir.

Yo no pido empezar a ignorar las leyes que nos rigen. Pido, simplemente, tener los sentidos bien despiertos y estar prevenidos de todo. Del que viene a robarme y de la ley (su aplicación o su omisión) que forzó esa situación. No existe una ley absoluta ni imperturbable y un buen juez no es aquel que no se permite despegarse ni un centímetro de ella. Hay que considerar todo el panorama y no discriminar nuestro propio sentido común.
Digo….para que después no tenga que salir “la Su” (la misma de los autos para discapacitados y las colectas para el Padre Grassi) a enseñarnos que lo mejor es la pena de muerte.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Ciudades - Los lugares son personas

Gracias, gracias. Nuevo comentario que espero sepan refutar y desmentir.
Les mando un saludo grande.
Abrazo desde Antares.
Sergio

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Toda ciudad tiene parte de realidad y parte de fantasía. Y no solo me refiero a los mitos urbanos y a las leyendas sino a la impresión que de ella nos llevamos cada vez que la vemos o que descubrimos una cara que no le conocíamos.
Me gustaría repasar dos o tres lugares imaginarios e inexistentes con ustedes, a ver si alguno se parece a nuestra ciudad del plano real.

-La ciudad de los Ladrones: Las tradiciones orales la ubican al norte de Canadá, donde la fiebre del oro. Está situada sobre un lago subterráneo de lava hirviente, para protegerse del frío. si uno desea obtener permiso para visitarla, deberá elegir una de las tareas que lo convertirían en aspirante. Deberá robar algo o hacer trampa en el juego. Esto se debe hacer afuera y antes de entrar a la ciudad. Y debe haber alguien de adentro que sea testigo del hecho.
Pero lo importante para aclarar es que, dentro de la ciudad, no está permitido el crimen. Nadie roba bajo ningún concepto.

Esto abre un debate: ¿que le da nombre a la ciudad? La actividad de sus habitantes afuera, o adentro (donde la mayoría son agricultores).


-La ciudad de Presente: Próxima al Polo Sur, Edgar Allan Poe la describió en boca de su personaje Arthur Gordon Pym. Sus habitantes son humanoides andróginos, semitransparentes, a excepción del pulgar sus dedos están unidos por una membrana, sus gestos son amables y graciosos y sus cuerpos no producen secreciones y tampoco tienen necesidades de ningún orden. Viven del aire, no comen ni duermen y sobre todo.....no desean.
Esta es, dice Poe, precisamente, la ciudad del presente. Y sus habitantes no tienen memoria. Cada momento es nuevo y perfecto. Nada cambia en ese presente inmóvil. Nada tiene futuro. No hay misterios ni secretos ni mentiras ni cansancio ni dolor.

Quiero decirles que esta ciudad, en donde no hay futuro ni pasado, son todas las ciudades. Todos, en todas las ciudades, vivimos anclados en el presente. Lo raro de esta ciudad, es que sus habitantes no vivan "inclinados" hacia el futuro. No viven pensando en el futuro, como todos nosotros. No están sus organismos "programados" para el futuro, como los nuestros.
En medio de todo esto, lo verdaderamente genial de esta ciudad, el dato genial de Poe es la falta de deseo: porque el deseo es eso, una proyección hacia el futuro. Nadie desea en el pasado. Se puede desear cambiar algo en el pasado, pero solo porque ese cambio nos proyectaría hacia un distinto presente (es decir, sigue siendo una proyección a futuro). Solo deseamos, afortunadamente, pensando en lo que vendrá.


-La ciudad de Otabia: Esta en Asia y está suspendida sobre una red, atada a su vez a dos montañas muy altas. Se camina por travesaños de madera instalados de un monte al otro. Y suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Otabia es menos incierta que en otras ciudades: se sabe que pisar mal o resbalar equivale a morir, pero es un peligro concreto y no difuso como en otros lugares. Allí el peligro es caerse....en nuestras ciudades...no sabemos.




-Esto me hace acordar a las descripciones del paraíso: en TODAS y cada una de las descripciones del paraíso, hay, mas o menos, rasgos que podemos encontrar en ciudades reales y que conocemos. Los musulmanes, por ejemplo, describen al paraíso con ostentaciones, muy recargado en los detalles de sus construcciones. Otros requieren características mas jardinescas, digno de personas a las que les gusta el aire libre o acampar. Y la verdad...no estoy seguro que eso me reconforte..es decir...un paraíso como Buenos Aires.....Yo amo a mi ciudad, pero esta lejos de ser una "perfección" (ni teórica ni individual) como la que uno espera encontrar en el paraíso.


Hay ladrones en todas partes, el presente está siempre con nosotros y el peligro, cierto o incierto, nos rodea. Pero igual me gustan estas descripciones de lugares maravillosos. Porque, fíjense, termina siendo siempre mas importante los detalles y particularidades de quienes viven allí, que los rasgos arquitectónicos o geográficos del lugar. 

Lo que mas me apasiona de esto es ver las características que los lugares le imprimen a sus habitantes. Una ciudad donde todos son ladrones que no roban, una ciudad donde no nos debe extrañar que sean humanoides y andróginos porque justamente, lo que nos hace humanos es la identidad que da la memoria y el deseo que da el futuro, y un lugar en donde todos saben del peligro inmediato que los rodea.

Por eso la descripción del paraíso es la descripcion de las personas que van con nosotros, mas que las alfombras o las fuentes. Lo primero que preguntaré si es que voy al paraíso, no es ¿como son las habitaciones?...voy a preguntar ¿esta tal o cual persona? Si no están...pues entonces no es el paraíso, amigo.

lunes, 23 de febrero de 2009

El Mal - De adentro hacia afuera

Bueno. Pasadas unas inmerecidas vacaciones, vuelve los comentarios a Ecos desde Antares....que va ser. Comenten que es gratis y les mando un saludo a todos. Sergio.

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La psicología y el análisis del comportamiento nos han enseñado a entender el origen del mal. Avanzamos muchísimo en la compresión del porqué y el como. Aprendimos que un chico golpeado será un hombre golpeador y que en cada genocida, existe una criminalidad primitiva subconsciente.

Aún así y sin descartar lo anterior en lo más mínimo, muchísima gente cree en la existencia del Mal. El Mal con mayúscula, el Mal entidad propia, con voluntad independiente que acecha agazapado en cada movimiento que hacemos, esperando la oportunidad de actuar.

Es claro que la identificación del Mal como algo exterior al hombre comienza en la religión. La existencia de demonios o, directamente, deidades malignas, presuponen un accionar maligno del que el hombre es víctima, no victimario.

Desde luego no se descarta el libre albedrío. Ese Mal, luego se transforma en interior. En el catolicismo, por ejemplo el hombre debe confesar sus pecados como propios y arrepentirse de ellos. Pero aquí tenemos el origen del mal como entidad externa.

 

Entonces….¿el mal es interno o externo?



La pregunta está mal formulada. Digamos que lo enuncio así con fines “publicitarios” (es el trailer del comentario). En realidad, ya sabemos que una parte es cierta. Como dije más arriba, existe el mal interno y lo sabemos muy bien. La duda pasa por saber si los actos tremendamente crueles y perversos y en extremo malignos puede involucrar de “algo mas” que asuntos meramente humanos, de que no es posible que en ellos hayan participado exclusivamente la conciencia/inconciencia de una persona.

 

Esto no tiene por que convertirse en algo muy místico. Como ustedes, yo nunca vi un demonio. Pero piensen esto: todos hemos tenido experiencias en las que, con mayor o menor grado de conciencia, luchamos con algo más que nosotros mismos, y percibimos que lo que estamos haciendo no es realmente lo que hubiéramos querido hacer, sin darnos cuenta de los impulsos y fuerzas que nos arrastran a actuar.

 

En esta página no encontrarán una respuesta concreta (como siempre). Una vez más, esquivaremos la pregunta reformulando la premisa. Acá va:

El Mal, como entidad externa, existe. Pero no es una creación ajena, no está ahí porque alguien más lo haya puesto. Es nuestro y solo nuestro.

La conducta de grupo, la mala influencia, los mensajes mal transmitidos, los valores falsos difundidos una y otra vez, la maldad como patrón de conducta de todos los que nos rodean, etc, etc. Todas estas cosas no nos corresponden directamente, pero somos responsables de ellas de manera general. Yo no podría ir a confesarme y decir: “Perdóneme Padre, la televisión está destruyendo a la juventud” (concepto que me parece un poco falso de entrada, pero sigamos, fue el único que se ocurrió).

No es mi culpa directamente, pero el hombre no necesitó ayuda de nadie, ni de ninguna fuerza exterior, para hacer de la televisión lo que es hoy.

El mal individual de cada hombre, extendido, difundido y perpetrado, crea un Mal general externo y ajeno, que se aprovecha de nuestras debilidades.

 

"El mundo no está amenazado por las malas personas, sino por aquellos que permiten la maldad." 

Albert Einstein.


Y en cuanto a los dioses, me pregunto. ¿No será que los hombres no están reflejados a la imagen y semejanza de su Dios, sino viceversa? ¿No será que los dioses se reflejan en nosotros, que están hechos a nuestra medida? Existe una deidad maligna porque nosotros permitimos el mal. El Dios de una sociedad de seres perfectos y puros no lo toleraría….porque esos seres no lo tolerarían, ni lo vivirían, ni lo experimentarían.

Esto, desde luego, ni afirma ni niega la existencia de un Dios ni de, efectivamente, una fuerza maligna ajena a nosotros….¿que esperaban de mí?

 

Hay que andar con cuidado. El Mal está esperándonos cada vez que salimos por la puerta.

Salúdenlo, porque es nuestro.

 

 

Este gran Mal

De donde vino?

Como se apoderó de este mundo?

De que semilla creció?

Quién hace todo esto?

Quién nos está matando?

Burlándose de nosotros

Que hemos visto lo que podría ser

 

La delgada línea roja.

 

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Detalles - El placer minimalista.

Bueno prometí una entrada antes de navidad y aquí está. Les deseo a todos una muy feliz navidad.

Un abrazo grande.

Sergio.

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En 1874 aparecieron una serie de artículos sobre pintura italiana en una revista alemana de historia del arte. Estaban firmados por un erudito ruso desconocido hasta el momento llamado Iván Lermolieff aunque unos años después, el autor verdadero se confesó como Giovanni Morelli (nombre conocido para aquello que estudien Semiótica). En esos artículos, se proponía un nuevo método para reconocer falsificaciones. Y el método provocó una fuerte polémica. 

Morelli sostenía que los museos estaban llenos de pinturas atribuidas de manera errónea. Es decir, que se decían de un autor, pero en realidad correspondían a otro. Para descubrir a quién pertenecía en realidad una pintura (y por lo tanto se estaba mal atribuida) o si era una falsificación,  Morelli sostenía que había que dejar de considerar las características de  estilo mas importantes de un artista  ya que, precisamente, esas eran las más imitadas y practicadas por los falsificadores. En cambio, el estudio debía centrarse en los detalles menores, esos que son pasados por alto pero que, analizados con cuidado, también marcaban el estilo de un artista. Lóbulos de las orejas, uñas, forma de los dedos de los pies, etc. Y en un libro, recopiló todos estos detalles y los catalogó por autor. Con ese método realizó docenas de descubrimientos y malas “asignaciones” en los museos de Europa.

El método fue muy criticado. Se lo tachó de mecánico, de positivista y con el tiempo, cayó en desgracia. Los libros de arte de Morelli eran muy engorrosos y estaban llenos de ilustraciones de orejas y manos en vez de obras completas y a los estudiantes y  expertos no les agradaba. Sin embargo, este estilo influyó y mucho en otros dos médicos bastante importantes.

1) Sir Arthur Conan Doyle: El autor de Shelock Holmes construyó uno de los personajes más importantes en la literatura mundial en base a su capacidad para, precisamente, descubrir estos detalles y a partir de allí, resolver misterios imposibles para los demás.

En “La caja de cartón” le envían a una señora dos orejas cortadas y se las dan a Holmes para ver que hacía de ellas.

"Holmes contemplaba atentamente el perfil de la señora. Por un instante fue posible leer en su rostro sorpresa y satisfacción”. Más tarde, le dice a Watson: “Usted como médico sabe que no hay parte que varíe tanto en el cuerpo humano como la oreja. Por regla general cada oreja es distinta. Imagínese mi sorpresa cuando al mirar a la señorita Cushing me di cuenta que su oreja se parecía a la enviada en la caja. Sin duda, se trata de la oreja de un familiar muy próximo”. 

2) Sigmund Freud: El amigo Freud escribió infinidad de artículos defendiendo a Morelli (sin saber que era Morelli. Seguía pensando que era Lermolieff). “Supe que un crítico ruso, Iván Lermolieff, prescindió de la impresión de conjunto y prestó atención a las minucias”, expuso en uno de ellos. La esencia de las teorías freudianas está aquí mismo: pequeños gestos, equívocos, errores o expresiones que vienen a “delatar” otra cosa más compleja.


Es que Morelli, como Freud después, proponían un método interpretativo que se basaba en la consideración de lo marginal y supuestamente irrelevante, como un “indicio” revelador. Los detalles llevaban a la interpretación de un todo general. Para Freud eran “síntomas”, para Doyle, “pistas” y para Morelli “rasgos pictóricos”. Y para los semiólogos, bueno, estamos es su salsa. Ferdinand de Saussure también se tomó de esta teoría para comenzar a idear su “signo”.

 

Vemos detalles todos los días. Al tratar una enfermedad, tratamos un síntoma, signos que den cuenta de una patología. Para la ley, somos detalles, huellas digitales, ADN o “marcas distintivas y  tatuajes” que dan un indicio de nuestra persona toda. Lo que nos permite ser distinguidos de otro miembro de la misma especie, es el detalle.

Somos detalles, nuestra individualidad surge de ellos. Lo que nos enamora son detalles, milímetros únicos e irrepetibles, segundos imposibles de reproducir en serie, palabras justas impronunciables por alguien distinto. Lo que nos motiva al odio o al enfado también son detalles que para los demás pueden llegar a ser ridículos.

 

El fenómeno global parece tratar de aniquilar los detalles. Son los detalles los que nos hacen diferentes y complicados para los que quieren vender exactamente lo mismo para todos. Si no hubiera detalles, sería muy fácil convencernos a todos a pensar de cierta manera. La rebeldía es un detalle, una pequeña diferencia que hay que cultivar toda la vida.

Es difícil en estos tiempos, pero no debemos pasar por alto los detalles. No hace falta ser ni Sherlock ni Freud para notarlos. Vale la pena detenerse en ellos, meditarlos, estudiarlos y gozarlos.

Porque el resto, es todo lo mismo.